Últimamente, los días no han sido sencillos. Siento que he estado dando mucho más de lo que debería: horas extras, días extras, energía extra… Y honestamente, ha habido momentos en los que he estado a punto de tirar la toalla.
Sin darme cuenta, mi alimentación y mi salud quedaron en segundo plano. Comía a deshoras, cualquier cosa que se cruzara en mi camino, sin pensar en las consecuencias. En mi mente, estaba cumpliendo con mis responsabilidades, pero en realidad, estaba descuidándome a un nivel preocupante.
Y aquí está el problema: cuando entregas más y más en el trabajo, lo haces porque quieres hacer las cosas bien. Pero ¿qué pasa cuando ese esfuerzo extra se convierte en la norma y de repente te exigen aún más? ¿Dónde queda el límite? La realidad es que para muchos empleadores nunca será suficiente… y eso no está bien.
Las consecuencias han sido evidentes. Mi vida social se ha visto afectada, mis momentos con mi familia han disminuido, mis horas de sueño se han reducido y mi tiempo personal prácticamente desapareció. Pero ya no más.
He decidido darle prioridad a lo que realmente importa. No significa que dejaré de cumplir con mis responsabilidades, sino que lo haré dentro de los límites saludables, respetando mi bienestar y mi vida personal. Porque al final del día, el trabajo es solo una parte de la vida, no la vida entera.
El estrés me tenía enfermo, pero poco a poco estoy encontrando la manera de respirar, de soltar esa presión y recuperar el equilibrio. Lo primero ha sido mejorar mis hábitos de sueño, y hoy puedo decir que por fin descanso mejor.
Mi alimentación también ha dado un giro positivo, y eso ha marcado la diferencia. Me siento con más energía, más motivado y con más claridad. Seguiré en este camino, enfocado en mis metas de peso, bienestar y, sobre todo, salud.
Estamos en racha. Y esta vez, la meta no es solo el éxito laboral, sino el bienestar integral.
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