Hay dos tipos de viajeros: los que tienen todo reservado seis meses antes… y los que compran el vuelo… y luego le rezan a Dios. Claramente, esta vez soy el segundo. Faltan menos de dos meses para cruzar el océano. España. Francia. Italia. Solo escribir esos nombres ya me acelera el corazón, y aun así… no tengo nada. Nada de hoteles, nada de itinerario, nada de lista de “must”. Ni siquiera ese Excel obsesivo que siempre hago con horarios, rutas, presupuestos y planes alternos. Ni el ahorro va como debería. Adulto responsable: 0. Modo aventurero imprudente: 100.
Lo único seguro es el vuelo. Ese boleto comprado casi por impulso, como diciendo: “órale, ya, si no lo hago ahorita nunca lo voy a hacer”. Y ahora que la fecha se acerca, me da risa… porque normalmente soy el típico ingeniero que lo planea todo, el que investiga barrios, calcula distancias, lee reseñas, arma mapas, optimiza tiempos. Pero esta vez no. Esta vez estoy caminando con los ojos medio cerrados, confiando. Y, curiosamente… no se siente mal. Se siente vivo.
Porque hay algo bonito en no tener todo resuelto, en dejar espacio para perderse, para decidir sobre la marcha, para entrar a ese café que no estaba en Google Maps, para tomar un tren equivocado y terminar en un pueblito que nadie recomendó. Quizá este viaje no quiere ser perfecto, quiere ser real. España con sus calles que huelen a pan recién hecho, Francia con esas tardes largas de caminar sin rumbo, Italia con esa promesa eterna de pasta, plazas y atardeceres dorados. Es un viaje que llevo soñando años, y tal vez por eso me paralicé un poco, porque cuando algo significa tanto, da miedo tocarlo, da miedo planearlo… por si no sale como imaginas.
Pero hoy decidí algo. Hoy dejo de posponer. Hoy empiezo a preparar maletas, rutas, ideas, ahorros, reservas. Hoy me pongo a construir ese sueño, paso a paso. Porque no es cualquier viaje. Va a ser el más largo que he hecho, el más esperado, el que he imaginado mil veces mientras trabajo, mientras manejo, mientras veo fotos de otros viajeros. Y aunque todavía no tenga nada listo… ya tengo lo más importante: las ganas, la fe de que todo va a salir bien, y ese cosquilleo en el pecho que solo aparece cuando sabes que algo grande se acerca.
A veces viajar no es tener todo bajo control. A veces viajar es decir: “no sé cómo le voy a hacer… pero allá voy”. Y, la verdad, no lo cambiaría por nada.

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