Hoy fue uno de esos días típicos de oficina.
Pendientes por todos lados, juntas, mensajes en Teams, cosas urgentes que salen de la nada. De esos días donde sientes que apenas te sientas cuando ya tienes que entrar a otra llamada.
Normalmente, cuando llega la hora de la comida, ni salgo.
Traigo mi comida, la caliento rápido y me la como en la oficina, lo más rápido posible y regreso a seguir con la rutina.
Pero hoy pasó algo curioso.
Hoy olvidé mi comida.
Bueno… olvidé traerla.
O tal vez —si soy honesto— decidí olvidarla.
Ademas tampoco tenía muchas ganas de ir al centro comercial por comida rápida. Así que mejor salí a caminar un poco. Sin un plan claro, solo con la idea de ver si encontraba algo diferente.
A veces caminar sin rumbo en la ciudad tiene sus recompensas.
Después de unas cuadras vi un local que, al principio, pensé que era una tienda de plantas. Había macetas por todos lados y productos de jardinería en la entrada.
Estuve a punto de seguir caminando.
Pero luego vi unas mesas… y al fondo una máquina de café.
Así que entré.

Resultó ser una mezcla bastante curiosa: cafetería de especialidad y tienda de plantas. Había plantas por todos lados, macetas muy bonitas y una luz suave que hacía que todo el lugar se sintiera muy tranquilo.
No sé si eran las plantas…
pero el lugar tenía una vibra muy relajada.
Pedí un cold brew con toronja y base tónica. Con este calor en Guadalajara necesitaba algo frío.

También tenían algo en el menú que me dio curiosidad: Hot Cakes salados… el menú decía: Queso Gouda y selva negra, encima un huevo estrellado, tocino y toque de miel. Sonaban un poco raros y al mismo tiempo deliciosos, sin embargo solo eran para el desayuno, así que me decidí por lo básico, una hamburguesa.

Y la verdad… no me arrepiento, todo estaba delicioso.
Pero más que la comida o el café, lo que más me llamó la atención fue el ambiente. El barista y la chica que atendía tenían una calma muy distinta al ritmo que traía yo de la oficina.
Nada de prisas.
Todo con mucha tranquilidad.
Y es curioso cómo eso se contagia.
Estuve ahí unos 45 minutos, nada más. Pero fue suficiente para bajar el ritmo del estrés del día. Comer tranquilo, tomar algo frío y simplemente sentarme un rato.
A veces no necesitas más que eso.
Después regresé a la oficina.
Las juntas, los pendientes y los mensajes seguían ahí, exactamente como los había dejado.
Pero ese pequeño break…
ese descubrimiento inesperado en medio de la ciudad…
valió oro.
A veces olvidamos que las ciudades están llenas de pequeños lugares esperando ser encontrados.
Solo hay que salir a caminar un poco.
Te dejo su Instagram por si quieres visitarlo.

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