Encierro

Encierro

Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que me sentía así.

Ese cansancio que no es físico, sino emocional.
Estrés por la sobreinformación, la incertidumbre, el teléfono lleno de noticias, audios, rumores. Esa sensación incómoda de no sentirte seguro… ni siquiera dentro de tu propia casa.

Y ahora, además, una profunda decepción.

En Guadalajara y en todo Jalisco se activó el famoso “código rojo”.
Que, dicho sin rodeos, significa: quédate en casa. No salgas. No te arriesgues. Y la verdad… tampoco quería hacerlo.

Ni abrir la puerta, ni asomarme, ni escuchar el silencio extraño de la calle. Porque cuando la ciudad se calla así, no es buena señal.

No era un secreto lo que ya venía pasando. Todos lo sabíamos de alguna forma. Lo escuchabas en pláticas, lo veías en titulares, lo intuías en el ambiente.
Pero vivirlo tan cerca… a unas cuantas calles de tu casa… eso pega distinto.

Se siente más real.
Más frágil todo.

De pronto tu casa se vuelve refugio.
Y el mundo afuera, una incógnita.

Hoy dicen que pronto todo volverá a la normalidad. Que podemos retomar actividades. Que ya pasó lo peor. Y quiero creerlo, de verdad quiero. Pero si soy honesto, una parte de mí solo quiere quedarse aquí, quieto, esperando a que el ruido termine.

Creo que habían pasado casi diez años desde algo parecido. Pero esta vez se sintió más largo… más pesado… más violento.

Y duele.

Duele por la ciudad que tanto quiero. Por los negocios con las cortinas abajo.
Por la gente que no pudo salir a trabajar. Por los niños que no entienden por qué no pueden ir al parque. Por esa rutina tan simple que antes dábamos por sentada.

Qué frágil es la normalidad, ¿no?

Aun así, en medio de todo, también he visto algo bonito. Mensajes preguntando: «¿Estás bien?». Vecinos avisándose cosas. Familias juntas. Amigos pendientes. Como si el encierro, sin querer, nos recordara que no estamos solos.

Ojalá que la situación realmente se estabilice. Ojalá que el apoyo de las autoridades funcione. Ojalá que pronto podamos volver a caminar estas calles sin miedo.

Porque Guadalajara merece paz. Y nosotros también.

Mientras tanto, toca cuidarnos. Bajar el ritmo. Agradecer que estamos a salvo.
Y abrazarnos más fuerte, aunque sea a la distancia.

Si algo me deja este encierro, es eso: valorar lo simple. La calma. La casa. Los míos.

Cuídense mucho, de verdad. Que nadie salga si no es necesario.

Aquí seguimos. Con nostalgia, sí…
Pero también con esperanza.


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