Hace unas semanas visitamos la ciudad de Puebla y, la verdad, nos llevamos una grata sorpresa. De esas que no esperas, que te agarran desprevenido y terminan robándose un pedacito de ti.
Puebla tiene esa mezcla rara y encantadora donde la historia y la modernidad conviven sin estorbarse. Puedes caminar por calles coloniales llenas de talavera, iglesias imponentes y fachadas de colores, y de pronto, a unas cuantas cuadras, encontrarte con avenidas amplias, cafés modernos y plazas llenas de vida. Es una ciudad que se siente antigua y joven al mismo tiempo, como si el pasado y el presente estuvieran platicando todo el tiempo.
Pero si te soy honesto, lo que más me conquistó fue su comida.
Para mí, la gastronomía es la mejor forma de conocer un lugar, y en Puebla eso se vuelve casi una experiencia obligatoria. Desde los antojitos callejeros que te encuentras en cada esquina, hasta los mercados llenos de aromas a especias, maíz y guisos recién hechos, todo te invita a probar “solo un platito más”… aunque ya no tengas espacio.
Probamos de todo: cemitas enormes que apenas puedes sostener con las manos, chalupas recién salidas del comal, mole con ese sabor profundo y complejo que te hace cerrar los ojos en el primer bocado, y dulces típicos que te regresan a la infancia aunque sea la primera vez que los pruebas. Cada comida se volvió un pequeño ritual, una excusa para sentarnos, platicar y simplemente disfrutar.
Hubo un momento, frente a una mesa llena de platillos poblanos, cuando pensé: esto también es viajar. No solo ver lugares, sino saborearlos.
En lo personal quedé impresionado por su gastronomía, desde la comida callejera hasta los restaurantes más formales. Todo tiene identidad, historia y corazón. Se nota que aquí la cocina no es solo comida: es tradición.
Sin duda, es un destino al que quiero regresar. De esos lugares a los que vuelves no porque te faltó ver algo, sino porque te faltó volver a sentirlo.
Por cierto… ¡qué chula es Puebla!

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