Hace unos días les compartí por aquí la magia y la nostalgia del Templo Inconcluso de la Preciosa Sangre. Pero la verdad es que Mascota, este Pueblo Mágico escondido en la Sierra Madre Occidental, es mucho más que unas ruinas impresionantes. Es un respiro necesario.

Mi mente, por fin se puso en modo avión, aunque sea por un fin de semana, desde el momento en que dejé atrás el tráfico de Guadalajara y comencé a disfrutar de Mascota.
El trayecto: Curvas, pinos y el cambio de aire El viaje desde la ciudad dura unas tres horas, pero el trayecto en sí ya es parte de la experiencia. Tomas la carretera hacia Ameca y, conforme empiezas a subir la sierra, el paisaje cambia drásticamente. Atrás queda el calor seco de la ciudad y de pronto te ves rodeado de pinos, con ese olor a tierra húmeda y un frío ligero que te avisa que estás llegando a la montaña. Las curvas son el pretexto perfecto para bajarle a la velocidad, poner buena música y simplemente disfrutar de cómo el verde de los árboles se vuelve más intenso.
El Pueblo Mágico: Un viaje en el tiempo Llegar a Mascota es como si alguien hubiera puesto pausa. Las calles empedradas, las casas de adobe con techos de teja roja y esa tranquilidad que tanto cuesta encontrar en la ciudad.



Caminar por su plaza principal, viendo a la gente local sentada en las bancas, te recuerda que la vida puede (y debe) vivirse a otro ritmo. Aquí no hay prisas. El clima es fresco, perfecto para caminar sin rumbo fijo, perderse por sus callejones y sacar la cámara en cada esquina.
La joya de la corona: Lo que comí (y la pausa a la dieta) Si algo disfruto en estos viajes es descubrir los sabores auténticos de cada región. Mascota tiene una vocación ganadera y agrícola que se nota inmediatamente en la mesa. La zona es famosísima por sus lácteos y también por un pan que, en muchos rincones, todavía se hornea a la leña, perfumando las calles de una manera irresistible.
Para comer, me fui directo a donde late el corazón gastronómico de cualquier pueblo: el mercado municipal. Quería algo tradicional que contrastara con el clima fresco de la sierra, y la respuesta fue una birria de res bien calientita. La acompañé con un reconfortante café de olla tradicional, pidiéndolo sin azúcar.


Por la noche caminando encontramos un restaurante ítalo-argentino que prometía bastante, y la verdad, valió cada bocado; su nombre es el Tapanco. Lograron una fusión excelente: cortes de carne en su punto, una buena pasta que justifica romper la dieta, y la gran sorpresa de la velada, una exquisita panela al horno que honró por todo lo alto la fama lechera de Mascota.


Mascota no es solo un punto en el mapa o una parada técnica hacia la costa. Es un destino para ir a comer bien, caminar sin prisa y, sobre todo, desconectarse un rato.

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